El sueño de Mateo – Una historia real…

Durante el recreo, Mateo se sentaba todos los días en una esquina del campo de fútbol del colegio, en plan espectador, como si estuviera en casa viendo la televisión.

Se acurrucaba en el suelo y, mientras se mordisqueaba las uñas, miraba todo concentrado cómo sus compañeros jugaban fútbol. Esa era su gran pasión, jugar como ellos, pero desde pequeño había sido siempre un mal jugador, más que malo, malísimo.

Su mejor amigo es Juan Begé.  Lo llaman Juan Begé porque en clase hay tres Juanes y de alguna manera hay que diferenciarlos. A Juan Begé no le gusta jugar al fútbol, pero siempre acompaña a su amigo allá donde vaya. Mateo quisiera entrenar en el equipo del colegio y jugar los partidos de los sábados, y que en las gradas estuvieran sus padres, sus amigos (sobre todo Juan Begé), los abuelos, los tíos, los primos… todo el mundo.

Bueno, todo el mundo no, porque tiene una prima que se llama Esmeralda y es insoportable. Va al mismo colegio que él, pero dos cursos por encima, y siempre que salen al recreo y le ve jugar al fútbol empiezan a abuchearle, ella y sus dos queridas amigas. A decirle lo malo que es, que no da pie con bola (nunca mejor dicho), que si no le da vergüenza que le vean jugar… Y claro, Mateo tiene la autoestima por los suelos.

Su amigo Begé le dice que no haga caso de todas las tonterías que suelta la niña esa por su boca.

Por las noches, Mateo se dormía imaginando que era el mejor jugador del equipo. Se veía regateando a los contrincantes y metiendo un gol desde el centro del campo, el gol de la victoria. Los compañeros se abalanzan hacia él, y él no para de saltar señalando con los pulgares el número que lleva a la espalda, igualito que hace Raúl, su ídolo. Pero a la mañana siguiente, nada era como había soñado. Y cuando llegaba el recreo, volvía a sentarse en la esquina del campo de fútbol a mirar cómo jugaban sus amigos mientras él se mordisqueaba las uñas.

Aquella mañana, Juan Begé se sentó a su lado con un saltamontes en la mano. Mientras lo acariciaba, le propuso que se metiera ya de una vez en el equipo del colegio, con Javi, el entrenador, para que él le enseñara cómo había que regatear, cómo frenar el balón con el pie… Y le dijo también que dejara de ponerle la oreja a su primita para que siguiera machacándole.

—Soy tan patoso que no me cogerían en el equipo ni aunque lo pidiera por favor —le dijo Mateo con la cabeza agachada.

Pero Begé quedó por la tarde con Mateo para «dar una vuelta». Aunque de dar una vuelta nada; lo que quería era llevarle a ver a Javi. Con la excusa de atajar por el campo de fútbol, se plantaron delante de él, y después del codazo que le dio su amigo, Mateo no tuvo más remedio que decirle que quería apuntarse al equipo.

Cuando Javi le dijo que sí, Mateo no se lo podía creer.

Había sido más fácil de lo que él imaginaba. Los dos amigos se fueron para casa, Mateo feliz dando patadas a todas las piedras que se encontraba por el camino, y Juan Begé a su lado, con las manos en los bolsillos. Se despidieron en la esquina del puesto de los melones, que es donde se solían despedir todos los días cuando volvían del colegio.

Mateo subió entusiasmado las escaleras de tres en tres y casi se da con las narices en la puerta, de las ganas que tenía de contárselo todo a su madre.

Ella se puso muy contenta: «Así me gusta, eres un valiente. Iremos todos los sábados a verte jugar. Seguro que lo haces muy bien».

Al jueves siguiente empezaron los entrenamientos. Mateo tenía mucho que aprender, y se esforzaba todo lo que podía; hacía los ejercicios sin rechistar y los repetía una y otra vez si le salían mal (que, por cierto, era muchas veces). Corría por el campo como si le sobrasen las fuerzas y defendía como una garrapata. Pero todo se fastidiaba cuando aparecían por allí Esmeralda y sus amigas. Parecía que no tenían otra cosa mejor que hacer que quedarse ahí en la valla, comiendo pipas y riéndose a carcajadas cuando Mateo tocaba el balón. ¿Es que nadie les metía un calcetín en la boca o les tiraba un jarro de agua fría? Pues no, parecía que eran invisibles. Pero para Mateo no lo eran; sus risas se le metían por los oídos y se convertían en un eco: «ERES MALO ERES MALO ERES MALO».

Entonces ya Mateo no daba pie con bola. Se tropezaba con los compañeros, corría sin saber dónde estaba el balón, atolondrado y nervioso, y no se acordaba de ninguna jugada. Se sentía como un pato gigante en medio de un charco de barro. Esos días llegaba a casa cabizbajo y sin ganas de cenar ni de hablar con nadie.

El último día del entrenamiento antes del primer partido de la temporada, Esmeralda y sus amigas no habían aparecido, cosa rara, y Mateo estuvo toda la tarde corriendo y saltando tan a gusto.

Nada más acabar, Javi le cogió por los hombros y le dijo que se preparara para el sábado, que le iba a sacar desde el principio. No se lo podía creer, eso era mucho más de lo que se había imaginado. Él jugando como titular… No entendía por qué, siendo tan malo, Javi le daba esa oportunidad. Pero no le hizo mucho caso a eso, y se fue corriendo para casa muy contento. Nada más llegar, dio la noticia a toda la familia y no tardó ni un segundo en coger el teléfono para llamar a su amigo Begé: « ¿A qué hora es el partido? ¿A las doce? Claro que iré».

Y por fin llegó el sábado. Menudo día el que le esperaba. A las ocho, Mateo ya estaba en pie, con el uniforme puesto y muy serio, repasando mentalmente las jugadas que Javi les había enseñado. Apenas desayunó. «Tengo un nudo en el estómago, mamá, ya comeré después».

Esa noche se había dormido imaginando una última jugada en la que él era el protagonista. A pesar de que se decía a sí mismo que lo importante era pasárselo bien, no pudo hacer nada para que ese gol se colara sin permiso en su cabeza.

Llegaron al campo bastante antes de la hora, Mateo y sus padres, y él se puso a calentar, corriendo por la banda y estirando todos sus músculos como un profesional. Poco a poco fueron llegando sus compañeros. Se notaba que todos estaban nerviosos, se daban palmaditas en el hombro, se movían inquietos. Tenían ganas de jugar.

Todo estaba perfecto para Mateo: concentrado y lleno de energía. Bueno, todo no, porque su madre no le había dicho que había llamado a sus abuelos y a sus tíos y… sí, también a Esmeralda. Menos mal que se presentó sin sus amigas.

Ya quedaba poco para que comenzara el partido, y Mateo tuvo la mala idea de mirar hacia la grada. Uf, le cambió la cara, porque allí vio, entre caras conocidas y alegres (el abuelo Ricardo, la abuela Marcela, la tía Brígida y el tío Manuel), a la querida Esmeralda. Como si nunca hubiera roto un plato, ahí estaba. ¿Es que no había nadie que se la llevara de allí? Pues no, ahí estaba, en el mejor sitio de la grada y con su sonrisa angelical. La veía como a cámara lenta, riéndose a carcajadas.

Empezó a sudar antes de tiempo, a temblar y a escuchar dentro de su cabeza «ERES MALO ERES MALO ERES MALO». El árbitro pitó el comienzo del partido, pero como si nada. Todos empezaron a correr menos Mateo, que se quedó paralizado y no se atrevía ni a tocar el balón, por miedo a oír una carcajada de Esmeralda. Casi no celebró los dos goles que metió su equipo ni se enteró de los otros dos goles que les metieron a ellos. Total, empate a dos y Mateo casi no había tocado el balón, porque andaba todo el rato mirando a la grada y a su prima.

Y llegó casi el final del partido. Mateo no había tocado el balón y su equipo estaba empate a dos. Todos en la grada gritaban y gritaban, animando a los dos equipos para que metieran el gol de la victoria. El tiempo se iba acabando y de repente Mateo, no sabía cómo, se encontró con el balón en los pies y enfrente de la portería. Las piernas le temblaban, y sin darse cuenta se le vino a la cabeza la imagen con la que se dormía todos los días. Solo tenía que chutar fuerte para meter el gol.

Lo que pasó después ocurrió en pocos segundos, pero a él le pareció un siglo. Le dio tiempo a mirar a la grada y a darse cuenta de que Esmeralda seguía todavía allí. Pero le pareció que se iba haciendo cada vez más y más chiquitita y que toda su familia y Juan Begé se iban haciendo cada vez más grandes. Sus gritos se oían mucho más que las risas de la prima, que ya se había convertido en un pequeño escarabajo. El grito del entrenador le devolvió a la realidad: él enfrente de la portería contraria y el balón en los pies. Ver convertida a Esmeralda en escarabajo le dio mucha energía, y chutó con todas sus fuerzas. El balón ni mucho menos fue directo a la portería, sino a una esquina del área, donde de casualidad estaba Sergio, que metió el gol de la victoria.

Cuando se dio cuenta, sus compañeros se le habían echado encima, celebrando el buenísimo pase que le había dado a Sergio para que metiera gol. Sergio y él se abrazaron también y Mateo se puso a brincar señalando con los pulgares el número que llevaba a la espalda, al tiempo que se iba corriendo hacia la grada. Pero Esmeralda había desaparecido. ¿Es que no había nadie que la llamara para que viera lo importante que era su primo? Pues no, nadie fue a llamarla. Y tampoco es que Mateo fuera más importante que otros días, pero él estaba loco de contento de tener ahí a toda su familia, a sus padres sobre todo, y a su amigo Begé, su amigo del alma.

Desde aquel partido, Mateo sigue entrenando todas las semanas, y cada vez se siente menos malo. Sabe que nunca llegará a jugar como su ídolo, Raúl, pero le da igual. Él disfruta corriendo como si le sobrasen las fuerzas y defendiendo como una garrapata. Después de cada entrenamiento se va para casa con Begé, que le espera a que termine, y se despiden en la esquina del puesto de los melones. De Esmeralda y sus compinches, nunca más se supo.

Moraleja

Mateo tiene un claro problema de baja autoestima.  Como nos dice el cuento en el primer retrato de su protagonista, Mateo sabe muy bien lo que desea «Esa era su gran pasión; jugar como ellos», pero no se atreve a intentarlo porque tiene miedo al fracaso, porque su concepto de sí mismo es malo y está lejos de su «yo» ideal.

La autoestima es la columna vertebral sobre la que se mueve nuestra capacidad para tomar decisiones y de aceptar retos. Cuando un niño tiene baja autoestima, no tiene ganas de poner a prueba sus capacidades. Prefiere no arriesgar porque está convencido de que fracasará.

Mateo tiene la suerte de contar con un buen amigo, Juan Begé, que confía en él más que el propio Mateo.

En el cuento, Juan juega el papel que debemos realizar los padres. No le obliga, pero le ayuda suavemente a que se enfrente a su miedo: le acompaña al campo a ver los partidos, le anima y le da buenos consejos «le propuso que se metiera ya de una vez en el equipo del colegio … y le dijo también que dejara de ponerle la oreja a su primita» y, sobre todo, como le quiere y le conoce, le facilita la decisión poniéndole al borde de ella «con la excusa de atajar por el campo de fútbol, consiguió llevarle delante del entrenador».

En el cuento, su prima Esmeralda simboliza lo que Mateo piensa de sí mismo. Ella reproduce públicamente lo que Mateo se repite a sí mismo en su mente «soy malo, soy malo…». Por eso la prima tiene tanta capacidad de hacerle daño. En este sentido, es importante que como padres ayudemos a los hijos a afrontar los sentimientos negativos, ayudándoles a ver lo que tienen de positivo y, como hace su amigo Juan en el relato, orientándoles a que pongan en marcha sus capacidades y sus deseos. Pero para poder hacerlo debemos conocer bien sus capacidades y limitaciones para poder orientarles y motivarles.

Por último, al igual que hace la madre, debemos elogiar y apoyar sus decisiones «Así me gusta, eres un valiente. Iremos todos los sábados a verte jugar. Seguro que lo haces muy bien». Él debe saber que nuestro apoyo es incondicional y que sus fracasos son pasajeros y necesarios.

Es el aprendizaje de saber que «no pasa nada», porque todos tenemos fracasos y estos son necesarios para madurar y mejorar.

Afrontando el partido y superando la influencia de Esmeralda, Mateo desafía a sus miedos y así logra superarlos «Desde aquel partido, Mateo sigue entrenando todas las semanas, y cada vez se siente menos malo». Los miedos solo se puedan superar afrontándolos y nuestro trabajo como padres consiste en ayudarles con delicadeza a que lo vayan haciendo. Desde luego, nunca desde la acción directa, porque puede traumatizar al niño o puede crear un rechazo que dificulte aún más su cura, pero sí desde la aproximación paulatina y el apoyo indirecto, tal como hace su amigo Juan y sus padres a lo largo del relato.

Cuidar y reforzar la autoestima de los hijos debe ser una prioridad educativa de los padres, ya que sobre ella construirán su futuro.                

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